domingo, 2 de febrero de 2014

ZEN AMBIVALENTE. LAWRENCE SHAINBERG.

En ocasiones cómico, a veces irreverente, en otras devocional, pero siempre franco y honesto, ZEN AMBIVALENTE es el testimonio lúcido de un occidental embarcado en una aventura espiritual.
En este libro Lawrence Shainberg escribe de sus vivencias con reconocidos maestros zen a los que conoció personalmente y con los que practicó, y lo hace con total sinceridad, sin oculta nada, ni siquiera la cara “b” de esos maestros. Aparecen en sus páginas Alan Watts, maestros zen japoneses afincados en EEUU, como Kyudo Nakagawa Roshi, Eido Roshi, Maezumi Roshi, y americanos, como Bernard Glassman. El libro es también una lúcida crónica de la transmisión del zen a EEUU.

“Una de las restricciones del zen y de otras prácticas espirituales es que hay pocas personas que se puedan tomar siete días libres sin tener que renunciar a tiempo de vacaciones, y todavía menos que pudieran escoger pasar sus vacaciones de cara a la pared. Como la vida familiar es otro de los constreñimientos, la mayoría de los estudiantes son solteros, viudos o divorciados, y la mayoría de las parejas no tienen hijos o son lo suficiente mayores como para dejarlos en casa. Dado que la soledad y la desesperación psicológica son dos de los mejores catalizadores de la práctica, la mayor parte de la gente que circula por el zen y otros centros espirituales está formada por personas divorciadas recientemente” (pag. 250).


FUNCIONARIOS Y SOLTEROS

Al hilo de lo que cuenta Lawrence Shainberg en su libro, me viene a la memoria una anécdota. Ya no recuerdo si fue en mi primer sesshin o en el segundo. Sí recuerdo que era en Las Arenas, Bilbao, y que lo impartía Ana María Schlüter. Al final del sesshin, en la comida de despedida, ya se podía hablar y era una tradición establecida que los que hacían su primer sesshin se presentaran. Había una pareja joven, ella con rastas, de aspecto alternativo, que se presentaron. Dijeron sus nombres y de dónde venían. La chica dijo que trabajaba de administrativa. Había un vasco muy gracioso, entrado en edad y con bastantes años de práctica, que empezó a decir que esto del zen era para funcionarios y solteros, y para demostrar que esto era así, le preguntó a la chica de las rastas que dónde trabajaba de administrativa, y ella, un poco avergonzada, confesó que era funcionaria. Animado con la respuesta, propuso el vasco que todo el mundo se presentara y dijera en qué trabajaba, y resultó que de unas 45 personas que estábamos, sólo dos no éramos funcionarios: un mozo que trabajaba los veranos en una torre de vigilancia contra incendios y yo, que entonces estaba parado. Pues sí, aquel vasco tan gracioso tenía razón. Aunque yo también habría añadido a lo de “funcionarios y solteros”, algún parado cobrando la prestación de desempleo, como era mi caso.



1 comentario:

  1. Jeje, me ha encantado la reflexión. Aunque en mi caso (no voy a revelar por ahora en que categoría estoy, pero estoy) no creo que la soledad sea un catalizador, más bien que se dan las condiciones para poder reservar ese tiempo (tiempo que igual no tienen otros colectivos) a algo que quizá empieza casi como "un hobby" y acaba, acaba... ¿acaba?

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